Un psicotrópico atardecer llena esta puta ciudad de
mierda. Me gusta, pese a que siempre hace este calor se levanta olor a mierda y
a orines podridos, a basura, a estupidez embutida en buses. Cielo azul, nubes
blancas, basura en la calle, tombos, tombos, tombos.
Yo detesto esperar. Esperar debería de ser un delito
penado con ejecución publica con dos frailes llevando al Cristo de la Veracruz y una puta impúdica
gritándole al oído a uno que se va a joder por toda la eternidad. Toda la
eternidad: si existe el cielo como me contaron en la sinagoga, como les cuentan
en la iglesia, y lo importante es eso, ¿A que mierda venimos a joder en este
mundo lleno de hipocresía y mentira?
Sigo esperando.
Me aburro y saco mi tarjeta del trasporte. Me formo. Paso
el torniquete. Me paro como un perfecto idiota frente a una puertecilla de
cristal que se desliza cuando le da su puta gana y que esta marcada con un
numero y una letra. Carajo, mi rumbo decidido por una combinación de lotería.
Llega el autobús. El autobús como siempre, parece una
maldita lata de sardinas demente, repleta de gente vana tonta ilusa
empiriocriticista. Hasta mamerta, hasta burguesa. Y como siempre, empieza una
especie de carnaval sangriento para poder entrar, para poder fundirse con esa
sudorosa humanidad mendicante y acezante y anhelante y mugiente.
Entro. Al acordeón. “algún día de mierda de estos algún
bus de estos se va a volver mierda de un estrellon y me hará mierda por andar aquí”.
Y ese dia tan glorioso hasta saldré por la televisora y tendré mis quince
minutos de fama.
Completamente merecida, por demás.
Maravilla de maravillas, hay un asiento libre y
ninguna anciana ni dama embarazada (que envidia, carajo, que envidia porque
follo por los cuatro costados y quizá tuvo un orgasmo y chupo y lamió y la
chuparon y la cubicaron y ahora esta rellena como una empanada de carne y de
semen de cualquier cretino feliz), ni nadie que me lo disputa y mis ochenta
kilos aterrizan gozosos en el asiento, porque el viaje es largo y el arte
breve.
Y ahí se acerca. Como la puta mala hora.
Ojos saltones, ropa arrugada, cara gris, mirada gris,
cerebro gris, pensamientos grises. Me parece conocido. Me siento imbuido de profecía:
viene a joder.
Empieza su mugido:
“señoras y señores, buenas noches
Lamento
interrumpir
Su viaje,
soy un desplazado
Que
viene a pedir”
Una mierda. Se supone que aquí no pueden venir a
pedir ni a vender, pero aquí esta, contando una tristísima historia de un tristísimo
hombre que tiene cinco tristísimos y hambrientos niños y que no tiene un tristísimo
trabajo para darle comida tristísima a sus tristísimos retoños y como
tristemente es mejor pedir que pasar por la tristeza de robar, tristemente nos
pide los centavillos que podamos aportarle tristisimamente, y tristemente Dios
nos premiará.
Claro. Desde luego, Dios, sea el mío o Jebus, o
Allah, o Ganesha, o Papa Pitufo Intergaláctico alias Krishna, nos mirara como
un Voyeur Universal y en una esquinita de su cuaderno, o tableta, o lo que sea
que use, y nos pondrá un chulito en la lista de buenas acciones, y desde luego,
cuando aflojemos cualquier monedilla o monedillas el alma se sentirá ligera y
nosotros buenos y será una ganga, un chisgononon: la vida eterna por putos cien
pesos.
Neh. El paraíso estará al alcance de la pipa de bazuco
o el bareto o la bolsita de coca de gancho Homero que este cretino se comprara
con los centavillos que todos nosotros con tanto desprendimiento mezquino y santurrón…
Pero yo no.
Yo no aflojare un centavo.
Yo le sostendré la mirada,
Y le diré: ¿Cabron, otra vez pidiendo?
Y el fulano me mirara con furia
Y se largara entre rechiflas.
Y yo no seré un héroe de nadie. De absolutamente
nadie, mientras me subo la capucha de mi chaquetilla gris y cojeando, porque
mis rodillas son una completa basura, me duelen y Metallica atrona mis oídos y
limpia mi cerebro de cualquier idea propia y burguesa, respetable y vacía.
Y la ciudad entonces se sucida de tedio.
Y yo simplemente pensare que es un buen día para
morir, a fin de cuentas.
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